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Un verdadero sentido para la evaluación, por Carlos Henríquez, Secretario Ejecutivo

29 de marzo de 2016

El nuevo proceso de aplicación de las pruebas Simce, que se inició a principios de octubre en todos los establecimientos del país, tiene como propósito levantar información sobre los logros de aprendizaje y los Indicadores de Desarrollo Personal y Social de los estudiantes para monitorear los resultados del sistema escolar.

¿Pero cuál es el sentido último de esta información que demanda un importante esfuerzo al Estado, los colegios y los propios alumnos? El Simce es posiblemente la fuente de información de políticas públicas más importante del país.  Desde hace más de 25 años se aplica en todos los colegios y en diferentes asignaturas. En los últimos cuatro años hemos visto un aumento sustantivo de las evaluaciones, pasando de seis pruebas el año 2010, a 17 pruebas el 2014 y, por lo tanto, los énfasis de la política pública estuvieron en la sola medición y la rendición de cuentas para avanzar en calidad.

Hoy como Agencia de Calidad estamos dando un giro que permita recuperar el verdadero sentido de  estas evaluaciones. Buscamos un equilibrio entre dar cuenta del trabajo que se realiza en los colegios, con sus avances y retrocesos, y dar mejores herramientas en una lógica cooperación y confianza en las escuelas y sostenedores.

Tener un excelente termómetro no ayuda a curar la enfermedad, solo precisa el diagnóstico, y en ese sentido, el  Simce es un medio y no un fin. El sentido final apunta a que la valiosa información que obtenemos sirva a las autoridades, directores y profesores para mejorar el sistema educativo, sus prácticas pedagógicas y los énfasis en materia de gestión, es decir, que nos movilice a la acción en el aula y los apoyos a los que diariamente realizan esta gigantesca labor.

Trabajamos para que los resultados de aprendizaje sean entendidos en una perspectiva amplia de calidad: aprendizajes cognitivos y no cognitivos. También pensar como país qué vamos a entender por calidad en la educación parvularia, escolar, especial, de adultos y cómo vamos a desplegar y asegurar.

Asegurar calidad no se reduce a las pruebas estandarizadas; debemos encontrar los mejores caminos para cada desafío. Es legítima  la discusión sobre el valor o espacio de las evaluaciones nacionales, pero no podemos renunciar a aportar valor desde la política pública, las instituciones privadas y el sistema en general, al aprendizaje de todos los estudiantes y de las escuelas.

El verdadero sentido de una evaluación no es la prueba misma, sino cómo ella entrega sentido, apoya y orienta los muchos y complejos cambios que necesitamos para que la educación de calidad con equidad sea un derecho.