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Celulares, ¿prohibirlos en las escuelas?

Celulares en las escuelas, no. Así de precisa ha sido la medida en Francia con relación a este tipo de aparatos electrónicos en los recintos escolares, noticia que ha puesto en el debate la excesiva dependencia de los estudiantes con estos dispositivos electrónicos.

Chile lidera el uso de teléfonos inteligentes en Latinoamérica. Un dato no menor que se condice con el estudio Pisa 2015, que mostró que un 32 % de los estudiantes chilenos utiliza Internet por más de seis horas al día, muy por encima del 24 % de América Latina y del 16 % de la OCDE.

Las escuelas son un espacio de socialización, y es verdad que los celulares no ayudan mucho en ese sentido. De igual forma, si estos teléfonos no se usan con un fin pedagógico en clases, son un objeto de distracción que poco ayuda en el aprendizaje.

Sin embargo, esta realidad ha venido para quedarse. Las nuevas generaciones de jóvenes, también denominadas 4G, viven en un mundo donde los dispositivos digitales (celulares inteligentes, tabletas y videojuegos) son de un amplio acceso. Luchar contra eso no es lo más conveniente ni sensato. Prohibir solo por prohibir no es una buena medida, puesto que hay asignaturas donde un celular sí puede ser una gran herramienta, y hay otras, claro, a las que su uso no aporta en nada. De ahí la importancia del criterio del profesor y del equipo directivo de los colegios.

No debemos olvidar que los hábitos también se forman en casa, por lo tanto, el rol de los padres es fundamental a la hora de mediar su uso en los más pequeños, así como enseñar con el ejemplo. Si nuestros hijos nos ven todo el día conectados a estos aparatos, lo que menos se puede esperar es que no hagan lo mismo. Asimismo, convendría evitar que los celulares se transformen en una especie de cuidadores de nuestros niños, puesto que muchas veces se descansa en estos aparatos para disponer de un momento libre que, claro, es escaso.

Entender esta realidad conlleva ciertos desafíos en la manera de mediar e incorporar  estos aparatos en la vida cotidiana de los niños y jóvenes, de darles sentido y de limitar su empleo. Debemos entender estas nuevas herramientas como una oportunidad pedagógica para tener acceso -de forma complementaria a los libros, por ejemplo- a un sinfín de cosas y a un mundo que jamás antes hubiésemos pensado tener en una sola mano.

Carlos Henríquez C
Secretario Ejecutivo
Agencia de Calidad de la Educación

Columna original en La Tercera. Ver aquí.